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Si cantara el gallo rojo, otro gallo cantaría
23 de marzo, por A 50 años del Golpe — Política, Libertades Democráticas, Opinión, Lesa humanidad, Genocidio, Impunidad, Golpe de Estado, Dictadura cívico-militar-eclesiástica, La Patagonia Rebelde, Plan Cóndor, Cordobazo, Semana Trágica, Triple A, Crímenes de lesa humanidad, Terrorismo de Estado, Dictadura, A 50 años del Golpe, Memoria, 50 años del golpe de Estado de 1976, Política, Libertades Democráticas, Opinión, Lesa humanidad, Genocidio, Impunidad, Golpe de Estado, Dictadura cívico-militar-eclesiástica, La Patagonia Rebelde, Plan Cóndor, Cordobazo, Semana Trágica, Triple A, Crímenes de lesa humanidad, Terrorismo de Estado, Dictadura, A 50 años del Golpe, Memoria, 50 años del golpe de Estado de 1976
Imposible hablar del 24 de marzo de 1976 sin recordar las masacres que durante todo el Siglo XX el Estado perpetró contra la clase trabajadora y los luchadores. La larga historia que condujo al Golpe y la lucha por los 30 mil, desde la militancia socialista. La autora es abogada, querellante en más de veinte juicios de lesa humanidad, defensora de presos políticos y miembro del Centro de Profesionales por los Derechos Humanos (CeProDH).
(Esta columna integra el dossier Reflexiones a 50 años del Golpe: una lucha incansable contra el negacionismo, el olvido y el silencio, que podés ver acá)
Gracias a La Izquierda Diario por la invitación a compartir experiencias y luchas de más de cincuenta años. Medio siglo en el que, sin lugar a dudas, los distintos gobiernos violaron sistemáticamente los derechos humanos.
Ante todo, una aclaración importante. Los derechos humanos los violan los Estados a través de los gobiernos (de iure o de facto) o de grupos que actúan con su aquiescencia. Se pueden vulnerar los derechos civiles y políticos, los derechos económicos, sociales y culturales (DESC) y el más digno de los derechos, que es el principio de autodeterminación de los pueblos. La experiencia indica que a quienes luchan por los DESC se les terminan cercenando los derechos civiles y políticos.
En Argentina el poder político, en defensa del sistema capitalista, siempre quiso aplastar o cercenar cualquier forma de avance o conquista social. Y lo hizo mediante asesinatos, desapariciones, ejecuciones sumarias, cárcel, torturas, expulsiones del país y todo tipo de criminalización.
El objetivo, siempre el mismo. Disciplinar a la clase trabajadora, a los estudiantes y todo sector social movilizado para imponer un plan económico a favor de los “dueños” del país, empresarios, financistas y extractivitas que generalmente tienen su usina en el Norte del hemisferio. Disciplinar para consumar la gran transferencia de ingresos desde la clase trabajadora a las clases dominantes.
Una larga historia
En el Siglo XX hubo muchas masacres impunes. Como La Semana Trágica de enero de 1919, donde una huelga por mejores condiciones laborales en los Talleres Vasena de Buenos Aires fue reprimida por la Policía, el Ejército y los parapoliciales de la Liga Patriótica , asesinando a más de 700 obreros y dejando miles de heridos. Hubo más de 50.000 encarcelados en todo el país.
En 1929 fueron los crímenes de La Patagonia Rebelde, cuando el presidente constitucional Hipólito Yrigoyen envió a las tropas del teniente coronel Héctor Varela a reprimir el duro conflicto entre trabajadores y estancieros. A pedido de los terratenientes fusilaron a más de mil dirigentes y obreros rurales que encabezaron la huelga por salarios en Santa Cruz.
Y así llegaron los recurrentes “golpes de Estado”, con toda la represión institucionalizada. Uno de ellos, el de septiembre de 1955, fue anticipado en junio de ese año con los bombardeos en la Plaza de Mayo, la Casa Rosada y otras sedes oficiales. Naves de la Fuerza Aérea y de la Aviación Naval buscaban derrocar a Juan Domingo Perón arrojando más de cien bombas, dejando más de 300 muertos y centenares de heridos civiles. Casi todos los conspiradores huyeron a Uruguay. Y la Ley 26.564 amplió a sobrevivientes y familiares de asesinados o desaparecidos acceder al reclamo reparatorio por parte del Estado desde este ataque generalizado contra la población civil.
Hay una prolongación de los conspiradores de esa matanza de 1955 con los genocidas de 1976 como Massera, Montes, Suárez Mason y Zavala Ortiz entre otros [1]. Éste último, luego de refugiarse en Uruguay volvió para ser canciller del presidente constitucional Arturo Illia, puesto desde el que propició mandar marines a Santo Domingo. Recuerdo que se realizó una gran manifestación al Congreso al grito de “¡Zavala Ortiz ándate del país!”. Fue mi primera manifestación junto con compañeros del Partido Socialista Argentino.
Imposible obviar el Plan Conintes (Conmoción Interna del Estado) instaurado en 1960 por el presidente constitucional Arturo Frondizi para perseguir a la resistencia peronista y a los “comunistas” con la doctrina de la Escuela Francesa (usada en Argelia e Indochina). Se militarizó la seguridad interna en base a secuestros, tormentos y exterminios clandestinos. Buscaban detener el avance de las huelgas, sabotajes y otros métodos de lucha de la clase trabajadora.
En esa época se les dio a las Fuerzas Armadas la potestad de juzgar a civiles en tribunales especiales bajo legislación castrense. Así detuvieron a más de dos mil personas, condenado a muchas a prisión. Antecedentes del Terrorismo de Estado que se reproduciría con Onganía, Lanusse, el peronismo con su Triple A y, finalmente, la dictadura genocida de Videla y compañía.
Mediante Ley 17.401, el Estatuto de la Revolución Argentina (así se autopercibía) de Onganía instauró en 1966 el régimen de represión al comunismo, arrogándose la dictadura la facultad de calificar a las personas físicas o jurídicas como “comunistas”, aplicando penas de hasta ocho años de prisión a quienes realizaban acciones proselitistas. Los condenados no podían ejercer cargos públicos ni la docencia, se clausuraron locales partidarios y sindicales, se cerraron imprentas y se expulsó a extranjeros. En las manifestaciones le cantábamos al dictador Onganía: “¡Duro, duro, duro, la 401 se la meten en el culo!”.
Y a fines de mayo de 1969 estalló el Cordobazo, con movilizaciones intensas de obreros y estudiantes (con la dirección de dirigentes clasistas) que terminaron derribando a Onganía
Hubo también una pata judicial de la represión. El ejemplo más claro es el del llamado Camarón (Cámara Federal Penal) creado en 1971 por el dictador Lanusse para perseguir y criminalizar a los integrantes de organizaciones políticas, sindicales o estudiantiles que cometieran acciones calificadas de “subversivos”. Sin pruebas, se aplicaban condenas draconianas.
Lo más espantoso que sucedió en esa dictadura militar de Lanusse fue la Masacre de Trelew del 22 de marzo de 1972. En la Base Almirante Zar fusilaron a 16 militantes que se habían fugado del penal de Rawson. Tres sobrevivieron y luego fueron desaparecidos por la dictadura genocida. Tardíamente el Poder Judicial determinó que fueron crímenes de lesa humanidad.
La previa al Golpe
Imposible dejar de recordar a la Triple A, organización parapolicial insertada en el Ministerio de Bienestar Social conducido por José López Rega con la aquiescencia del gobierno constitucional de Juan Perón y su esposa. Con fondos y armas del Estado salían a fusilar o amenazar a dirigentes políticos, sindicales y sociales, artistas y hasta curas. Desde su revista El Caudillo anunciaba quiénes serían sus próximas víctimas. Asesinaron a más de mil personas, entre ellas a Rodolfo Ortega Peña, Silvio Frondizi y César Robles.
Fue entonces cuando Perón postuló al nefasto Alberto Villar como Jefe de la Policía Federal con el objetivo de “combatir a la subversión”. Esa figura siniestra reprimió hasta a los exiliados en Argentina provenientes de Bolivia, Chile y Paraguay. Intercambiaba información con las dictaduras de esos países y permitió su persecución en nuestro país, dando curso al Plan Cóndor. Villar fue uno de los comandantes de la Triple A.
Si bien la “Justicia” tardía consideró a estos crímenes como de lesa humanidad, el sistema de investigación y prueba se achicó a unas pocas carpetas con fotos para que familiares o sobrevivientes pudieran reconocer a algún atacante. En la práctica no sirvió para casi nada. El fiscal de esa causa era Eduardo Taiano, funcionario no muy proclive a indagar en causas incómodas, hoy denunciado por omisión de persecución en la causa por la criptoestafa $LIBRA. Sólo se declaró como autor mediato a López Rega, pero ya se había muerto. Falleció en la cárcel con prisión preventiva tras su extradición desde Estados Unidos.
En 1975 el Gobierno de Isabel y López Rega puso a Celestino Rodrigo como ministro de Economía, quien provocó una gran devaluación, el aumento del costo de vida, reclamos salariales y paritarias no homologadas por la Presidenta. Tuvo que renunciar e irse del país antes que las movilizaciones obreras lo lincharan.
El mismo gobierno constitucional peronista firmó los decretos de aniquilamiento del accionar de elementos subversivos. El primero lo firmó Isabel para el ámbito de Tucumán, con la eterna “búsqueda de subversivos” cuando, en realidad, lo que se buscaba era aniquilar a los obreros rurales y urbanos que agitaban reclamos sectoriales. Otro decreto lo firmó en octubre de 1975 el senador Ítalo Lúder, extendiendo la consigna a todo el país.
La lucha por los 30 mil
Luego de recordar esos hitos represivos (algunos de los cuáles sufríen persona ycontra los que milité en diferentes ámbitos clandestinos), me pregunto si con posterioridad hay algo que pudiera salir bien. No se llegó al 24 de marzo de 1976 de casualidad. Por eso es necesario señalar esas masacres, que les sirvieron alos poderes de turno para hacer retroceder las luchas populares por cambio en el sistema económico, social y cultural.
Siendo muy joven cayó en mis manos el libro El Estado y la Revolución de Lenin. Allí descubrí la verdad del Estado opresor y del imperialismo. Y también de la necesidad de que la clase obrera conduzca las transformaciones para su liberación. Me afilié al Partido Socialista Argentino.Milité sin espacio físico, porque enseguida vino la dictadura de Onganía.
A los militantes el 24 de marzo no nos agarró por sorpresa. Ni siquiera dormimos en nuestras casas la noche del 23. Comenzamos a agruparnos en secreto, formamos ficticios“ateneos de estudio” porque estaban suprimidas las actividades en partidos políticos y demás organizaciones. Así comenzó la resistencia.
Hubo compañeros quefueron secuestrados del estudio jurídico que compartíamos. Nos mudamos de allí mientras los buscábamos.Por informaciones recolectadas logramos saber que pasaron por Garaje Azopardo y luego por El Vesubio. A esos compañeros les juré reivindicarlos.
Sobreviví. Por eso me alisté para hacer juicios contra el Estado. Primero por los presos políticos a disposición del Poder Ejecutivo Nacional sin causa ni proceso. En 1984,133 exprisioneros políticos encabezaron el reclamo, pero el Poder Judicial (a pedido de Alfonsín) consideró que la acción estaba “prescripta”. Finalmente logramos la intervención de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos .
Luego vivimos con insatisfacción el Juicio a las Juntas, impregnado de la Teoría de los Dos Demonios. Que el fiscal fuera Julio Strassera tampoco fue grato, ya que él no investigó ni abrió ningún habeas corpus interpuesto por familiares de los desaparecidos. Eso sin contar las absoluciones y el recorte en las investigaciones que tuvo el juicio. Sin embargo, ese proceso sirvió para que se relacionaran las víctimas que estuvieron en los centros clandestinos de detención, tortura y exterminio.
Desde los más de 800 centros clandestinos identificados hasta ahora (desde comisarías yguarniciones militares hasta escuelas y hospitales) la dictadura implantó el terror en la sociedad. Desapareciendo, torturando, robando y, a la vez dejando en libertad a algunos para que contaran el horror vivido. Como dijo Ibérico Saint Jean, gobernador de facto de la provincia de Buenos Aires, querían asesinar hasta a “los indiferentes y tímidos”.
Tras la anulación de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida comenzamos a militar los juicos. En junio de 2006 comenzó el proceso contra Miguel Etchecolatz, donde como querellantes pedimos que se lo juzgara por genocidio. Cuando íbamos a alegar y pedir condena, secuestraron y desaparecieron por segunda vez a Jorge Julio López, víctima y testigo fundamental contra el genocida.
Se abrieron nuevos juzgados orales para la tramitación de los procesos de lesa humanidad. Al escuchar los testimonios de sobrevivientes se oyó recurrentemente la actuación cómplice de la cúpula de la Iglesia Católica, cuyos obispos recibían a parientes de los desaparecidos y usaban esos encuentros para pasarles más información a los militares. Nunca se puso en el banquillo a los sacerdotes. El exsecretario del vicario castrense, Emilio Grasselli, llegó a juntar más de dos mil fichas con nombres de muchas personas que terminaría desaparecidas.
Siempre exigimos cárcel común y perpetua a los que instrumentaron y ejecutaron el genocidio, aunque actualmente casi todos tienen prisión domiciliaria o están en la cárcel VIP de Campo de Mayo, disfrutando de huertasy un verde espacioso.
Noson los juicios que ambicionábamos, por su fragmentación, que remite a la revictimización de los testigos, yendo a declarar en distintos procesos, las provocaciones de algunos defensores contra las víctimas, las demoras en dirimir apelaciones. Sin embargo, al comienzo de los juicios concitaba la presencia de mucho público y algunas sentencias se transmitieron por pantalla gigantes en la vereda de los tribunales.
Nunca nos acompañaron los dirigentes de la CGT en nuestros reclamos. Sí estuvieron los sindicatos combativos y las agrupaciones independientes de la patronal y de la burocracia. Esa burocracia cuya actividad central en la dictadura fue denunciar ante las patronales a los trabajadores militantes. Así pasó en fábricas como Ford, Mercedes Benz, Ledesma o Techint. En algunas de esas empresas llegó a haber espacios para la detención de los obreros marcados.
Algunas veces nos acompañó el contexto internacional. Como cuando se puso en funcionamiento la Justicia universal en delitos de lesa humanidad (o se juzga en el país o se extradita). Más de cien genocidas quedaron bajo la amenaza de a ir a España a ser enjuiciados. Eso obligó a que se dieran curso a las acciones en nuestro país, pensando tal vez los imputados que sería un paseo por Tribunales, algo que no pasó. También nos benefició la presencia de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en 1979, recopilando cientos de denuncias de secuestros cuya sede se vio colmada de largas filas de familiares, mientras la dictadura se burlaba con mensajes diciendo que los “argentinos somos derechos y humanos”.
Fueron a prisión muchos miembros de las fuerzas armadas y de seguridad. No así sus mandantes, los empresarios y las multinacionales. Éstos nunca llegaron a juicio, con la complicidad del Poder Judicial que retarda decisiones para emplazarlos a juicio. Así sucedió con Carlos Blaquier, dueño de Ledesma de Jujuy, que murió impune.
En lo personal cumplí mi promesa de reivindicar a los desaparecidos, asesinados, exiliados o presos políticos en cárceles con pabellones que los llamaban Siberia. Participé como querellante contra los genocidas en cerca de veinte juicios orales. También lo hice contra el general Arrillaga por lo sucedido en 1989 en el cuartel de La Tablada, donde tuve que vencer la prescripción que invocaba el acusado en la Corte Suprema. La prisión perpetua allí fue dictada por unanimidad por el Tribunal.
Ojalá todo lo reseñado sirva a las generaciones más jóvenes, para incentivarlos a sentir empatía y acompañarnos en nuestros reclamos de memoria, verdad y justicia. Que se sumen a militar contra toda violación a los derechos humanos. Eso servirá para luchar por conquistar otra sociedad, que por supuesto no es el capitalismo.
Difundir contra el negacionismo, que señalan que "no fueron 30.000", que hubo una guerra, que fueron dos demonios, que hubo sólo errores o excesos, para intentar atenuar sus crímenes para poderhacerlo nuevamente. Nuestra consigna en las calles era “no hubo errores, no hubo excesos, son todos asesinos los milicos del proceso”.
Y que se involucren en apoyar el principio de la autodeterminación de los pueblos, no al genocidio en Gaza, no a las intervenciones militares y guerras para saquear los recursos naturales de los países agredidos por el imperialismo yanqui y sus aliados, no a la instalación de bases extrajeras y reivindicar nuestra soberanía sobre las Islas Malvinas.
Y recordarles lo que decía el Che: “Sean capaces siempre de sentir, en lo más hondo, cualquier injusticia realizada contra cualquiera, en cualquier parte del mundo. Es la cualidad más linda del revolucionario”.
[1] En la investigación de la Secretaría de derechos humanos del año 2009 se mencionan los nombres que atan 1955 con 1976. Los tres ayudantes del contralmirante Aníbal Olivieri, ministro de Marina y jefe de la conspiración eran los capitanes de fragata Emilio Massera, Horacio Mayorga y Oscar Montes. Massera integró la Junta Militar después de 1976, Mayorga estuvo involucrado en la masacre de Trelew y Montes fue canciller de la dictadura. Los pilotos fugados a Uruguay fueron recibidos por Guillermo Suárez Mason, prófugo de la Justicia argentina desde su participación en el intento de golpe de 1951 y luego poderoso comandante del Primer Cuerpo del Ejército de la dictadura. Entre los pilotos y tripulantes de aviones estaba Máximo Rivero Kelly, acusado de delitos de lesa humanidad como jefe de la Base Almirante Zar de Trelew y de la Fuerza de Tareas 7 de la zona norte de Chubut. Horacio Estrada, jefe del grupo de tareas de la ESMA; Eduardo Invierno, jefe del servicio de Inteligencia Naval en la dictadura; Carlos Fraguio, jefe de la dirección general naval en 1976 con responsabilidad en los centros de detención como la EMSA y la escuela de suboficiales de la Marina. También Carlos Carpineto, secretario de prensa de la Armada en 1976; Carlos Corti su sucesor y Alex Richmond, agregado naval en Asunción. De la Fuerza Aérea, Jorge Mones Ruiz fue delegado de la dictadura en la SIDE de La Rioja y Osvaldo Andrés Cacciatore luego fue intendente de la Ciudad de Buenos Aires.
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La memoria colectiva como motor de mundos mejores, diversos, socialistas
23 de marzo, por A 50 años del Golpe — Política, Libertades Democráticas, Opinión, Lesa humanidad, Genocidio, Impunidad, Golpe de Estado, Dictadura cívico-militar-eclesiástica, Crímenes de lesa humanidad, Terrorismo de Estado, Dictadura, A 50 años del Golpe, Memoria, 50 años del golpe de Estado de 1976, Política, Libertades Democráticas, Opinión, Lesa humanidad, Genocidio, Impunidad, Golpe de Estado, Dictadura cívico-militar-eclesiástica, Crímenes de lesa humanidad, Terrorismo de Estado, Dictadura, A 50 años del Golpe, Memoria, 50 años del golpe de Estado de 1976
A 50 años del golpe de Estado de 1976, una reflexión sobre las conquistas obreras y populares, el accionar genocida para ahogarlas y el rescate colectivo de nuestra historia para pensar el presente y el futuro. La autora es sobreviviente de la ESMA, feminista, transfeminista del Frente Darío Santillán - Corriente Plurinacional, Vientos del Pueblo y feminista del Abya Yala.
(Esta columna integra el dossier Reflexiones a 50 años del Golpe: una lucha incansable contra el negacionismo, el olvido y el silencio, que podés ver acá)
Siempre digo que soy de una generación que conoció muchos logros en la previa del 24 de marzo de 1976. Y no lo planteo como cosas de “paraísos perdidos”. Todo lo contrario, lo planteo y lo vivo como un rescate histórico internacionalista, con situaciones económicas diferentes a las actuales, con proletariados fuertes, potentes, con sindicalismo combativo construido, desde abajo, desde las asambleas.
Podemos rescatar, como una síntesis, la figura de Agustín Tosco, obrero cordobés enfrentando a las burocracias peronistas de derecha. Podemos volver a leer el libro ¿Quién Mató a Rosendo? de Rodolfo Walsh o ver la película Los traidores de Raymundo Gleyzer para revivir esas épocas de luchas, de coordinadoras fabriles unificadas, y de disputas potentes contra las patronales.
Se retoma el Cordobazo y varias luchas federales, callejeras, en unidad de proletarixs, laburantes, estudiantes y campesinado (como las ligas agrarias en la Mesopotamia). Era un momento de pleno empleo, a veces muy difícil de explicar para lxs que vivieron gobiernos liberales, entreguistas al FMI, tibios con los imperialismos (en el mejor de los casos) o directamente entregados a ellos.
Por eso para entender, para pasar por el cuerpo qué significo la dictadura cívico-militar-patronal-eclesiástica tenemos, como siempre, que pensar en líneas históricas de construcciones a la izquierda y desde abajo en nuestros países y rescatar el internacionalismo de los pueblos.
Muchxs sobrevivientes del genocidio nos seguimos indignando al ver cómo se repite la reivindicación por parte del peronismo de José Ignacio Rucci, el burócrata sindical de la CGT de principios de los años 70 y socio directo de la CNU. En octubre del año pasado una calle de la capital bonaerense fue bautizada con su nombre por parte de los gobiernos municipal y provincial con aval unánime del Concejo Deliberante platense. Vergüenza debería darles a los mismos que se vanagloriaban de levantar las banderas de los derechos humanos.
Nada se pierde
A través de ese rescate histórico es más fácil entender cómo y por qué esos movimientos surgidos desde los más altos cargos del propio peronismo, atacaron a tantas y tantos compañeros peronistas, trotskistas, marxistas, socialistas, luchadorxs.
Pero también gracias a eso podemos empezar a revivir lo potente que fueron esos enfrentamientos, marcados por una larga lista de logros obtenidos en favor de los derechos de los trabajadorxs, de los estudiantes y del pueblo en general.
Como todo está guardado en las memorias colectivas, en los recuerdos activos del activismo que quiere cambiarlo todo, nada de esas potentes experiencias políticas y organizativas se pierden...
Esas experiencias reaparecen en las asambleas antifascistas y antirracistas de la comunidad LGTTBIQ, en las protestas callejeras de diciembre de 2001, en los surgimientos de los movimientos piqueteros, en las feministas subiendo al Puente Pueyrredón pidiendo justica por Darío Santillán y Maxi Kosteki, en los paros internacionales de mujeres y diversides sexuales desde 2017, en las tomas de fábricas, en las construcciones por debajo, en la defensa de los territorios de los pueblos originarios, en las luchas contra el extractivismo, los agrotóxicos y por los glaciares, en las miles de marchas de jubiladxs rescatando a Norma Plá, en lxs discapacitadxs y un pueblo acompañando, en la alegría que nos da tener legisladorx de izquierdas, en las wipalas, en los pañuelos verdes, blancos, multicolores, en la bandera de Palestina, en lxs miles que fuimos el 8M en todo el país… Y así podríamos seguir.
Que lo horrible no nos invada
Ante la pregunta acerca de cómo viví en lo personal aquellos horribles días, del 24 de Marzo en adelante, digo que, como soy feminista, transfeminista y he reivindicado el pasado por mi cuerpo y los cuerpos colectivos, “lo personal es político”.
Hubo momentos muy duros. Desde la pérdida o desaparición de amigxs y familiares hasta haber estado yo misma en la ESMA secuestrada junto a mi hijo de un año y embarazada. De eso sólo se pudo sobrevivir rescatando solidaridades, acompañamientos y juntadas en todos esos años. Cuidándonos, pero no dejando que lo horrible nos invada.
Por eso fueron tan importantes esas Madres rondando, esa Azucena Villaflor de origen proletario de Avellaneda, esas Abuelas abrazando a niñeces y buscando a lxs faltaban. Esas acciones que motorizaron desde abajo los juicios a los genocidas en 1985, los Juicios por la Verdad y los juicios de lesa humanidad donde se pudo penalizar a los Aztiz, Etchecolatz, Benjamín Menéndez, Cavallo, a los curas represores.
En estos momentos se está juzgando en La Plata a miembros de la derecha peronista que integraron la Concentración Nacional Universitaria (CNU).
Y en esos juicios siempre sale a la luz, con mucha claridad, cómo las patronales pusieron todos sus recursos al servicio del genocidio. Ahí está el ejemplo de Ledesma en Jujuy, donde Carlos Blaquier entregó listas de activistas, prestó camionetas a los militares y hasta provocó un apagón en todo el pueblo para secuestrar a los activistas más reconocidos y disciplinar a lxs obreros que quedaban. Así, de paso, podía seguir intoxicando con el bagazo. Pero de esa mierda grito con fuerza “¡Olga Márquez Aredez Presente!”. Cincuenta años después, el pueblo sigue saliendo a las calles en la Marcha del Apagón.
Recordamos a esos obreros detenidxs desaparecidxs marchando masivamente cada 24 de Marzo. Trayendo el pasado y haciéndolo cercano, pero confrontándolo con las explotaciones, los crímenes, las precarizaciones, los despedidos y los ataques a las juventudes con penalizaciones del presente. Los crímenes de ayer y los de hoy.
Colectivamente hemos construido bagajes de conocimientos históricos, acuerdos y fuertes consensos. Eso nunca podrá ser quebrado por los fascismos, aunque lo intenten una y otra vez. Esa construcción colectiva surge como los rizomas, esas plantas que andan por debajo de la tierra, que parecen haber muerto, pero cuando se dan circunstancias favorables aparecen lindas, con más fuerza, orgullosas de poder mostrarse.
En los juicios de lesa humanidad se plasmaron muchos avances, que tuvieron que ver con experiencias dialécticas. Por ejemplo, cuando los feminismos se hicieron masivos, potentes callejeros. Se sabía que las mujeres y las diversidades sexuales fueron más reprimidas y castigadas por sus condiciones identitarias. En esos juicios se conquistó el reconocimiento de los delitos sexuales como agravantes. Un logro inmenso para muchas de la víctimas que durante muchos años lo habían mantenido en secreto, sin poder hablarlo siquiera con las personas más cercanas. Y ya se sabe que cuando se calla lo doloroso, el ataque a los cuerpos, las indignidades provocan situaciones de ataques a las saludes de todo tipo, especialmente psicológicas
En 2023, en uno de esos juicios de lesa humanidad, el colectivo travestis-trans pudo declarar sobre su cautiverio, sobre las vejaciones sexuales y atrocidades que sufrieron en el Pozo de Banfield, donde estuvieron secuestradas junto a presas políticas. Dijeron: “Nunca tuvimos derecho a nada, ni sabíamos que habíamos estado en un campo de concentración, para nosotras no hubo diferencia entre la democracia y la dictadura. ¿Por qué nos íbamos a dar cuenta, si nuestros cuerpos nunca importaban?”.
Pensando en eso de ser nombradas, en aquel juicio sus voces fueron escuchadas a nivel judicial. Paralelamente, empezamos a nombrar a los encuentros de mujeres como Encuentros Plurinacionales de Mujeres, Travestis, Trans, Lesbianas y No Binaries… Continuidades colectivas.
Las energías juveniles están presentes
En este aniversario del golpe del 24 de Marzo de 1976, pienso en la percepción, conocimiento e información que tienen lxs jóvenes sobre la dictadura, sus causas y sus efectos. Creo que hay relatos de “sentidos comunes” que plantean que hay mucha desinformación sobre ese pasado, que ahora conmemora 50 años. Esos son relatos, mitos que no están cuantificados, por lo menos no hay encuestas científicas. Muchas veces son opiniones, doxas, basadas en ideologías de conformismos, desesperanzadoras, que bajonean.
Por eso, desde lxs activistas de derechos humanos, feministas, socialistas, que tenemos el deseo de cambiarlo todo; podemos plantear algunos datos. Y voy a dar algunos ejemplos, seguro que habrá más.
En la provincia de Buenos Aires existe el Programa Jóvenes y Memoria que organiza hace veinte años la Comisión Provincial por la Memoria (CPM), con la participación de alrededor de 250 mil jóvenes, más equipos de investigaciones, docentes, talleristas. El tema de los derechos humanos en el sentido más amplio, de ayer y de hoy, se presenta desde convivencias, placeres y se muestra en formas artísticas con música, teatro, videos. Allí el debate y las reflexiones tienen un proceso en las escuelas (algunas muy pobres), donde se trata de rescatar experiencias locales. Y esas experiencias, esas creatividades, se muestran, se intercambian, se articulan con otras, en procesos educativos, formativos, donde las ganas y las energías juveniles están presentes.
Cuando se presentó la película Argentina 1985 sobre el primer juicio a los genocidas, se proyectó en escuelas, cines, sociedades de fomento y centros políticos partidarios. Allí se escuchan las palabras emocionantes de Adriana Calvo contando el nacimiento de su hija Teresa en cautiverio y las solidaridades de las presas en el campo de concentración, defendiendo a la madre y la niña. También a Víctor Basterra y otros sobrevivientes. La mayoría de quienes vieron la película fueron pibadas.
En nuestra zona de La Plata, y en todo el país, cada aniversario de La Noche de los Lápices se sigue llenando de pibxs cantando, recordando a jóvenes como ellxs que fueron víctimas de la mierda de la dictadura. Rasguña las piedras, la canción de la época, toma así un valor actualizado.
Pensamos en las escuelas, en los actos por el 24 M, en muchas maestras, “profes”, “seños” que forman parte de listas antiburocráticas del gremio docente, que a pesar del maltrato de los gobiernos siguen con las ganas del laburo y enseñan luchando y contando qué pasó en esos momentos históricos. Para algún alumnado parecerá lejano en el tiempo, pero eso ha permitido que la memoria no se manche.
No creo que la juventud se haya “vuelto de derecha”. No somos tan necias para pensar que está todo bien y que el fascismo no mete la cola en las subjetividades juveniles. Pero pensemos en el rizoma, en la memoria colectiva como motorizadora de mundos socialistas, mejores, felices, diversos.
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El orden de la Memoria y lo que ordena la Historia
23 de marzo, por A 50 años del Golpe — Política, Libertades Democráticas, Opinión, Lesa humanidad, Genocidio, Impunidad, Golpe de Estado, Dictadura cívico-militar-eclesiástica, Crímenes de lesa humanidad, Terrorismo de Estado, Dictadura, A 50 años del Golpe, Memoria, 50 años del golpe de Estado de 1976, Política, Libertades Democráticas, Opinión, Lesa humanidad, Genocidio, Impunidad, Golpe de Estado, Dictadura cívico-militar-eclesiástica, Crímenes de lesa humanidad, Terrorismo de Estado, Dictadura, A 50 años del Golpe, Memoria, 50 años del golpe de Estado de 1976
Imágenes y relatos se agolpan en la mente. Muchos recuerdos aparecen y adquieren significación, sin respetar una cronología. Pero se pueden ordenar. La autora es hija de Miguel Ángel Lacorte, asesinado por la dictadura de Pinochet. Radicada en Quilmes, en 2001 un policía bonaerense la baleó por la espalda y la dejó en silla de ruedas. Integra el Centro de Profesionales por los Derechos Humanos (CeProDH) y milita en el PTS. Autora del libro La Disciplina de las Balas.
(Esta columna integra el dossier Reflexiones a 50 años del Golpe: una lucha incansable contra el negacionismo, el olvido y el silencio, que podés ver acá)
Se cumple medio siglo del Golpe del 24 de marzo de 1976. Un montón de imágenes y relatos se agolpan en mi mente y me doy cuenta de que muchos recuerdos aparecen y adquieren significación sin respetar una cronología. Pero los ordeno.
Lo primero que aparece es el viaje de mi papá a Chile, la convicción sobre la necesidad de la revolución socialista y el internacionalismo de una generación, su lucha en los Cordones Industriales y el fuego que las balas asesinas del Ejército pinochetista no pudieron apagar. Todos hechos que recién supe cuando entraba en la adolescencia.
Luego aparece la mudanza permanente de casa en casa, hasta llegar a Quilmes (al mismo barrio en el que vivo hoy) con mi mamá y mi papá de crianza, también militantes.
Poco después, el nacimiento de mi segunda hermana en el Hospital Iriarte, con mi madre aterrorizada por la posibilidad de “autodelatarse” por los efectos de la anestesia. Asistida por un médico y un sólo enfermero, porque el resto acababa de ser “chupado” por las patotas de Ramón Camps y del médico policial Jorge Bergés (que acaba de morir). El centro clandestino de detención Pozo de Quilmes estaba a una cuadra del hospital (algo que supe más tarde).
Mi hermana nació el 7 de noviembre de 1976. Fecha que, con el correr del tiempo y de la militancia, además de ser su cumpleaños tomó una nueva significación con el aniversario de la Revolución de Octubre y el cumpleaños de León Trotsky.
Apenas un par de años más tarde, y ahí entendí claramente lo que estaba pasando, apareció el Ejército rodeando mi barrio. Recuerdo a mi hermana mayor diciéndome “están los verdes” cuando salíamos para la escuela y dos milicos nos apuntaban con sus FAL. “No se puede salir”, nos dijeron.
Las imágenes se aceleran hasta la adolescencia: la secundaria, el centro de estudiantes, los paros y las movilizaciones masivas de una clase trabajadora que a pesar de todo no se rendía, las marchas incesantes de las Madres de Plaza de Mayo logrando el juzgamiento de los milicos. Y nosotros, los jóvenes, reconquistando en 1988 el boleto estudiantil con la memoria ardiente de los pibes de La Noche de los Lápices.
De repente, la decepción por las leyes de impunidad de Raúl Alfonsín y los indultos de Carlos Menem, la derrota de la lucha contra las privatizaciones y, vuelta a empezar, como tantas otras veces, la lucha en las provincias, la pelea contra la Ley de Educación Superior, la crisis del menemismo. Y mi decisión de empezar a militar.
Ya eran los tiempos de los escraches y marchas contra los genocidas, a muchos de los cuales años más tarde pondríamos en el banquillo de los acusado, cuando las consecuencias de las jornadas de diciembre del 2001 le impusieron al peronismo y a esta “Justicia” la anulación de las leyes y decretos de impunidad.
Unos meses antes de aquellas jornadas revolucionarias, en junio de 2001, cambiaría para siempre mi historia personal. Comenzaba otra lucha inmensa. Pero esto es más público y ya está escrito.
Este vendaval de vivencias que me genera pensar en los cincuenta años del Golpe me lleva también a hacer algunos balances. No puedo soslayar lo dicho más arriba respecto al triunfo que significó retomar los juicios a los genocidas, pero tampoco puedo dejar de ver cómo la Procuración General de Justicia hizo que los procesos se articularan “causa por causa”, volviéndose tan lentos que muchos genocidas murieron en libertad.
Mientras, Jorge Julio López desapareció por segunda vez en 2006 y, mientras seguimos buscándolo, el Estado hizo todo para encubrir a sus secuestradores, discípulos de Miguel Etchecolatz. En esta “democracia” (para ricos), sobrevivientes y testigos nunca dejaron de estar en peligro.
Es más, con el correr de los años desde la Casa Rosada se pasó de cierta utilización de los juicios de lesa humanidad para promover una “reconciliación” de la sociedad con las Fuerzas Armadas (kirchnerismo) al negacionismo puro y duro del genocidio y discursos incluso previos a la Teoría de los Dos Demonios (mileísmo), lo que incluye intentos de liberar genocidas.
Claramente, nuestra pelea continúa y no debe darles ni un milímetro de ventaja. Para eso contamos con el ejemplo de Norita Cortiñas, Mirta Baravalle, Elia Espen y todas las Madres, que nos obliga a seguirla generación tras generación.
El repaso de tantas movilizaciones y formas de lucha de un pueblo que nunca abandonó las calles me hace pensar en los ataques permanentes al derecho a la protesta que vemos con el gobierno de Javier Milei y Victoria Villarruel. Aunque han generado miedo y nos han costado heridos y detenidos, como mi compañero del CeProDH Matías Aufieri o el fotorreporteroPablo Grillo, no pueden lograr el disciplinamiento social al que apuntó siempre la burguesía argentina.
Obviamente, no puedo dejar de citar la lucha contra el gatillo fácil, un azote que siguen sufriendo nuestros pibes, a la que le vengo dedicando tantos años y que nunca deben cesar.
Reflexionar sobre el medio siglo del Golpe me lleva también a repasar cómo es esta sociedad en la que ocurre la represión policial, de dónde provienen los que más la sufren. Y me encuentro con amplios sectores que nunca han entrado al aparato productivo y millones de personas que llevan toda una vida subsistiendo con trabajos precarios.
Vivimos en un esquema de explotación y opresión sostenido por todos los gobiernos, el empresariado, las diversas burocracias (sindicales y sociales) y hasta las influyentes iglesias. Todo ordenado por el imperialismo. Un sistema que medra de sostener este orden de cosas. Frente a ellos, importantes sectores de una clase obrera dispuesta a resistir de pie los ataques feroces en un país (y un continente) saqueado y jaqueado.
Es inevitable relacionar la situación actual con la “sobrevida” de un capitalismo al que la generación de mis viejos apuntó orgullosamente a destruir. A medio siglo del Golpe seguimos en medio de crisis, guerras y duras luchas. Como la que protagonizamos en Argentina contra la reforma laboral o procesos convulsivos tan heroicos como la lucha contra el ICE en Minneapolis (por citar apenas un par de ejemplos). En ese marco, la principal tarea que tenemos pasa por sostener la lucha por la revolución socialista internacional. Una lucha que tantas y tantos compañeros (pienso en el querido Jorge “Turco” Sobrado) dejaron pendiente.
Ése es el legado que tenemos que dejarle a las nuevas generaciones de pibas y pibes que empiezan a asomarse a la vida. A un mundo en crisis se le responde en forma colectiva. Hay “empresas” por las que bien vale dar la vida. Y la Historia siempre ofrece (y hace necesaria) una “revancha”.
Foto Enfoque Rojo
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Nos desaparecieron por luchar por una sociedad socialista, sobrevivimos para seguir luchando
23 de marzo, por A 50 años del Golpe — Política, Libertades Democráticas, Opinión, Lesa humanidad, Genocidio, Impunidad, Golpe de Estado, Dictadura cívico-militar-eclesiástica, Crímenes de lesa humanidad, Terrorismo de Estado, Dictadura, A 50 años del Golpe, Memoria, 50 años del golpe de Estado de 1976, Política, Libertades Democráticas, Opinión, Lesa humanidad, Genocidio, Impunidad, Golpe de Estado, Dictadura cívico-militar-eclesiástica, Crímenes de lesa humanidad, Terrorismo de Estado, Dictadura, A 50 años del Golpe, Memoria, 50 años del golpe de Estado de 1976
¿Qué significa ser una ex detenida desaparecida? Del terror vivido al puño en alto contra todos los genocidas, por todos los compañeros. Por quienes ya no están y junto a quienes recién llegan, seguir llenando las calles de verdad. La autora integra la Colectiva Feminista Las Azucenas,es ex detenida desaparecida de La Cacha y querellante del colectivo de organismos de derechos humanos Justicia Ya!
(Esta columna integra el dossier Reflexiones a 50 años del Golpe: una lucha incansable contra el negacionismo, el olvido y el silencio, que podés ver acá)
Lo que pasó el 24 de marzo de 1976 lo venía gestando desde mucho antes la clase dominante, empresarial, oligárquica y militar, que fogoneó y apoyó en toda Latinoamérica los golpes promovidos por el imperialismo yanqui para domesticar a la población y disciplinarla.
En nuestro país lo llamaron Proceso de Reorganización Nacional . Decían que venían a poner orden y “pacificar” el país. Pero el plan económico que llevaron adelante, y que continúa imponiéndose hasta el día de hoy, era un plan liberal, de entrega, de gobierno para las minorías empresariales, multinacionales, para los poderosos de siempre. Un plan que, por supuesto, implicaba una mayor opresión y explotación de la clase trabajadora y el pueblo en general.
Gestaron un plan sistemático de secuestro, represión y exterminio a todo aquel que se opusiera. Por eso decimos que concretaron un genocidio. Fueron los dictadores junto a sus ideólogos, a los empresarios, a la Conferencia Episcopal Argentina y a los traidores de la burocracia sindical.
Transformaron a la Argentina en un gran campo de concentración, sembrando el país de centros clandestinos de detención a los que llevaban a desaparecer a miles de sus oponentes.
El Estado genocida construyó a su enemigo y “eligió” a qué grupos meter dentro de esa categoría. Así persiguieron a guerrilleros, militantes de partidos políticos, obreros de las fábricas, estudiantes, periodistas, artistas, científicos, curas villeros y todo aquel que pensaba y trabajaba por una sociedad mejor, por un cambio.
La dictadura fue feroz. Reinaba la censura. No nos podíamos reunir más de tres personas en la calle. Que los varones usaran pelo largo y jeans era “subversivo”. Las fuerzas represivas paraban a los colectivos, hacían bajar a toda la gente, revisaban los documentos y a quien no lo tenía se lo llevaban. También se llevaban a quien no les gustaba su cara. Y si alguien era encontrado con un volante o algún libro también “subversivo”, directamente a los campos de concentración.
Impusieron el Plan Cóndor junto a las dictaduras de países como Chile, Paraguay, Uruguay y Brasil, con operativos en común, intercambio de prisioneros y vuelos de la muerte. Todo digitado y aprendido en la Escuela de las Américas para favorecer la entrega del país al imperialismo.
Sobrevivir y enfrentar la impunidad
El horror vivido en esos centros clandestinos es de tal magnitud que nos costó 30 mil compañeras y compañeros desaparecidos, casi 500 niñas y niños robados, mujeres violadas y torturadas en presencia de sus seres queridos, niñas y niños que vieron el secuestro de sus padres y los siguen buscando hasta hoy.
Quienes pudimos sobrevivir y volver de ese horror siempre dijimos que si nos desaparecieron por luchar contra una dictadura tremenda, aparecimos para seguir luchando. Para seguir recordando a todos los que quedaron en el camino. Para seguir junto con las Madres y las Abuelas, que nos enseñaron tanto con esa valentía y coraje, que fueron las primeras en ponerse el pañuelo blanco y rondar en la Plaza de Mayo, que recorrieron todos los estamentos del Estado buscando a sus hijos, hermanos, nietos, compañeros, amigos.
Debió pasar un buen tiempo para poder hablar. Fueron años de silencio y mucho miedo metido adentro. Y fue gracias a esa resistencia y esa lucha de ellas que logramos dar los primeros pasos. Cuando empezamos a hablar no paramos de exigir los juicios a todos los genocidas.
La impunidad se fue creando desde el primer momento. Desde que Jorge Rafael Videla dijo que “los desaparecidos no están, ni vivos ni muertos, son una entidad”. Nosotros decíamos “los desaparecidos tienen que aparecer, que nos digan dónde están y quiénes son todos los culpables”.
Cuando no se pudieron hacer los juicios en el país, porque estaban vigentes las leyes tramposas de la Obediencia Debida y Punto Final del gobierno de Raúl Alfonsín, rematado con los indultos de Menem, quienes sobrevivimos viajábamos a los países donde sí se podía juzgar por las víctimas de esas nacionalidades. Dimos testimonio en Italia, en el Estado español, en Alemania. A fines de los 90 pudimos hacer los Juicios por la Verdad, que aunque no juzgaban penalmente sí nos permitían recopilar muchísima información con la que, años después, pudimos mandar a la cárcel a varios genocidas.
Muchas Madres fallecieron sin saber qué pasó con sus hijos y sin recuperar a sus nietos. Compañeras y compañeros también se fueron sin poder ver tras las rejas a sus verdugos.
El compañero Jorge Julio López fue secuestrado en 2006 tras dar su testimonio. Miguel Etchecolatz, que llegó a creerse el dueño de la vida y de la muerte, pudo planear desde la cárcel el segundo secuestro de López con complicidad de la Policía Bonaerense. Hasta el día de hoy el Estado no hizo nada para encontrar a los responsables.
Hoy la gran mayoría de los condenados, genocidas de la peor calaña que cometieron los crímenes de lesa humanidad más atroces, están con prisión domiciliaria o en cárceles VIP, atendiéndose en el Hospital Naval, entre amigos.
Y tenemos un gobierno que volvió a instaurar el negacionismo en la Casa Rosada, un gobierno lleno de fascismo, de misoginia, que pretende reivindicar a la dictadura y, si por ellos fuera, liberar hasta el último genocida. ¡No lo vamos a permitir!
La lucha continúa
El gobierno de Milei vino a sumergir a todo el pueblo en el ajuste, el hambre y la represión. Con personajes nefastos como Luis Caputo, Federico Sturzenegger y la milica Patricia Bullrich, que ya carga en sus espaldas con las muertes de Santiago Maldonado y Rafael Nahuel. Por eso tenemos que salir masivamente a las calles, hasta voltear este plan.
Así llegamos a los 50 años del golpe y seguimos afirmando que no nos van a doblegar. Nuestra lucha continúa. Las próximas generaciones tienen que conocer qué fue lo que pasó y por qué luchábamos. La generación de los 70 tenía la certeza de que podíamos construir una sociedad socialista, justa. Teníamos la experiencia de luchas como el Cordobazo , cuando el pueblo salió a las calles a defender su dignidad.
Reivindico el trabajo de la Asociación de Ex Detenidos Desaparecidos , de Adriana Calvo, de Patricia Chabat, de Cristina Gioglio, de Nilda Eloy, de Enrique “Cachito” Fukman y de tantas compañeras y compañeros heroicos que trabajaron y lucharon hasta el final por construir la Memoria, la Verdad y poder juzgar a los genocidas.
Seguimos exigiendo cárcel común, perpetua y efectiva a todos los genocidas y sus cómplices. Seguimos exigiendo que se abran los archivos de la dictadura, de todas las fuerzas represivas, eclesiásticos, judiciales, de los servicios penitenciarios y de inteligencia. Seguimos exigiendo que nos digan dónde están y qué pasó con nuestras 30 mil compañeras y compañeros detenidos desaparecidos. Seguimos exigiendo la restitución de todas y todos los niños robados a nuestras compañeras que parieron en los campos de concentración. Y seguimos diciendo que no olvidamos, no perdonamos y no nos reconciliamos.
Vamos a seguir en las calles, como siempre. Este 23 marcharemos en La Plata y el 24 en la Plaza de Mayo. Tiene que ser una marcha gigantezca. Marchemos contra todos los genocidios, el de hace 50 años pero también el que hoy se está consumando en Gaza. Nunca más un genocidio. Basta de esta guerra imperialista de Trump y Netanyahu en Irán. Fuera el imperialismo de Cuba, Venezuela y toda América Latina.
Foto Joaquín Díaz Reck | Enfoque Rojo
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Norita Cortiñas, hasta la victoria, siempre en lucha
23 de marzo, por Pioneras contra el golpe — Política, Libertades Democráticas, Nora Cortiñas, Genocidio, Dictadura cívico-militar-eclesiástica, 50 años del golpe de Estado de 1976, Política, Libertades Democráticas, Nora Cortiñas, Genocidio, Dictadura cívico-militar-eclesiástica, 50 años del golpe de Estado de 1976
La desaparición de su hijo Gustavo en 1977 transformó su vida, quien pasó de ser ama de casa a convertirse en una de las referentes históricas de la lucha por los derechos humanos. Su compromiso activo con la memoria, la verdad y la justicia trascendió la dictadura: acompañó cada lucha contra la impunidad, denunció el negacionismo y se mantuvo presente en las calles hasta sus últimos años.
Hoy cumpliría años. Y ya se sabe dónde estaría Norita. La lista de luchas en las que Norita participó es interminable. Para ella, la desaparición de Gustavo y la lucha por los 30 mil no eran sólo memoria. Eran presente. Nunca entendió esa lucha con el objetivo de ajusticiar los crímenes y nada más. Siempre supo que las luchas presentes de la clase obrera y los sectores populares son, en esencia, las mismas que libró la generación setentista de luchadoras y luchadores.
Nunca supo qué hizo la dictadura con su hijo Carlos Gustavo Cortiñas. En 1952 nació el primer hijo de la familia, Carlos Gustavo. Después, en 1955, llegó Marcelo. A su hijo mayor lo llamaba por su segundo nombre. Esa ausencia (la imposibilidad de saber) no solo marcó su vida: la empujó a transformarla por completo.
Una vida atravesada por la desaparición
Gustavo estudiaba (después de un paso por la Universidad de Morón) en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Militaba en la Juventud Peronista (JP). En los primeros tiempos, lo hizo en la Villa 31 junto al sacerdote Carlos Mugica. Cumplió 22 años el 11 de mayo de 1974. Ese día estaba triste y no quiso festejos: la Triple A había acribillado al sacerdote.
El 15 de abril de 1977 Gustavo salió para el trabajo. Nunca llegó. Tampoco se encontró con Ana (su pareja, con quien tenían un nene de dos años) como habían convenido. Con el tiempo, se supo que a él se lo habían llevado de la estación Castelar. Nora no dudó y salió a buscarlo. Con su marido se acercaron a los organismos de derechos humanos que ya estaban funcionando, como la Liga Argentina por los Derechos del Hombre (LADH), la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH) y el Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos (MEDH).
Un cuñado le habló de unas mujeres que se reunían frente a la Casa de Gobierno. Hacia allá fue ella. Llegó por primera vez a la Plaza de Mayo en mayo de 1977. Nunca la abandonó, ni siquiera con el terror que provocaron los secuestros de Azucena Villaflor de De Vincenti, Esther Ballestrino de Careaga y María Eugenia Ponce de Bianco en diciembre de ese año.
Eran “las locas” para la dictadura. Las locas que caminaban, lloraban, se sostenían aunque se desplomara el cielo. “El público que pasaba por la Plaza de Mayo muchos años no nos vio”, contó años antes en una entrevista en la Biblioteca Nacional. “Éramos invisibles, nadie se acercaba a preguntar qué hacíamos ahí”.
De ama de casa a militante
Norita nunca pensó su historia como algo cerrado en el pasado. Para ella, la desaparición de Gustavo y la lucha por los 30 mil eran presente. Siempre supo que las luchas presentes de la clase obrera y los sectores populares son, en esencia, las mismas que libró la generación setentista de luchadoras y luchadores.
Por eso en 2002 estuvo a la cabeza del reclamo por justicia para Maximiliano Kosteki y Darío Santillán, asesinados en la Masacre de Avellaneda. Fue a ella a quien el entonces gobernador bonaerense Felipe Solá le dijo que los jóvenes piqueteros habían muerto porque “se mataron entre ellos”. Su testimonio fue central en el proceso penal que aún se les sigue a los responsables políticos de esa represión brutal.
Fue ella la que marchó por los “nuevos” desaparecidos, los de esta democracia para ricos. Junto a Adriana Calvo, Myriam Bregman y demás referentes exigió en 2006 la aparición de Jorge Julio López y nunca dejó de denunciar el encubrimiento de la Policía Bonaerense por parte de todos los gobiernos. Lo mismo hizo en 2009 por Luciano Arruga, en 2011 por Daniel Solano, en 2017 por Santiago Maldonado, en 2020 por Facundo Castro y Luis Espinoza. Y por tantos otros.
Nora estaba alejada de las cuestiones partidarias cuando todo comenzo. El epicentro de su vida era la casa de la familia en Castelar. A su marido no le gustaba que su esposa trabajara fuera del hogar. Era muy “machista”, relataba ella. “Yo fui criada con una matriz machista”, decía Norita, que a los 19 años estaba casada, era ama de casa y modista. Recordaba risueña los enojos de Carlos, su marido: “¿Qué tiene que hacer una Madre de Plaza de Mayo en un taller sobre sexualidad?”.
Con el tiempo, esa mujer que había sido formada en esos mandatos fue transformándose. La búsqueda de su hijo la llevó a la calle, a la organización, a la palabra pública. Y también la fue acercando a otras luchas. Así se fue haciendo feminista y se impuso como una suerte de referencia para nuevas generaciones, incluso como una figura reconocida dentro de la marea verde.
Una lucha que no terminó
Cuando Alberto Fernández relativizó el genocidio perpetrado en Argentina, hablando de “inconductas” de algunos militares y pidiendo “dar vuelta la página”, Norita no dudó en cuestionar al Frente de Todos . Le dijo entonces a este diario que el del Presidente fue un claro “gesto negacionista”, que las Madres iban a seguir “en las calles reclamando por Memoria, Verdad, Justicia” y que Alberto, puesto allí por designio de Cristina Kirchner, “nunca estuvo vinculado a la defensa de los derechos humanos”.
También denunciaría lo mugriento que resultaba tener de ministros a personajes como Felipe Solá a nivel nacional o Sergio Berni en la provincia de Buenos Aires.
Nunca dejó de denunciar el negacionismo y las propuestas de reconciliación con los genocidas. El 19 de diciembre de 2023 tuvo una de sus últimas apariciones en público. Javier Milei y Victoria Villarruel llevaban nueve días en la Casa Rosada. En la Cámara de Diputados la bancada del Frente de Izquierda, encabezada por Myriam Bregman, había convocado a legisladores, referentes de derechos humanos, sindicales, sociales y políticos a una audiencia pública para denunciar la ilegalidad de las políticas de Patricia Bullrich englobadas en su “Protocolo de Orden Público”. Y allí fue Norita.
“Una cosa que me obsesiona es que de una vez por todas echemos al Fondo Monetario Internacional a patadas en el culo”, dijo en aquella audiencia en 2023. De igual manera había repudiado el acuerdo con el FMI firmado en 2022 por el gobierno peronista. “La historia siempre señalará a los traidores que votaron ese pacto”, sentenció sin perder su calma.
En una de las tantas conversaciones con este diario, Norita le dijo a nuestra compañera Andrea López que es necesario seguir tomando las banderas de lucha de sus hijos e hijas. “Ése es el gran compromiso que tenemos, reivindicar las luchas que hubo, hay y habrá para hacer de este mundo un lugar que merezca ser vivido, donde quepamos todos y todas, que esta vida merezca ser vivida”.
La lista de luchas en las que Norita no dejó de estar es interminable. Su solidaridad se hizo fuerte con los despedidos de PepsiCo y con los de Lear . Con los obreros de Donnelley que ocuparon la gráfica de Garín tras la huida de la patronal y la pusieron a producir bajo el nombre de Madygraf , al igual que con los ceramistas de Zanon de Neuquén. Con los mineros de Río Turbio y con los ferroviarios tercerizados del AMBA.
Norita abrazó la causa contra el genocidio perpetrado por el estado sionista de Israel: "Dejen vivir a los palestinos en su tierra”: "La Palestina que queremos fue atacada por Israel de una manera inhumana, brutal, inmoral, especialmente en Gaza… Decimos que es una masacre organizada, un genocidio planificado para avanzar sobre el territorio de un pueblo vivo que sigue resistiendo. Un pueblo que en pandemia no tiene acceso a la salud y es desprotegido por la Convención de Ginebra. Un pueblo que molesta a muchos porque su resistencia siempre es noticia. Mientras Israel sigue bombardeando Gaza seguimos apoyando la lucha de Palestina ¡Palestina libre!
La misma coherencia con la que se solidarizaba tanto con los qom y wichí en el norte como con los mapuche en el sur era la que la llevaba a denunciar el ataque del Estado contra quienes reclaman una vivienda en las grandes urbes. Así lo hizo ante el violento desalojo en Guernica por parte del gobierno de Axel Kicillof, Berni y Larroque. Y también ante el violento desalojo en la Villa 31 por parte del gobierno porteño de Horacio Rodríguez Larreta.
Podríamos seguir hasta el infinito: Siempre Norita presente.
En una de las conversaciones con La Izquierda Diario, Norita dijo que es necesario seguir tomando las banderas de lucha de sus hijos e hijas. “Salgamos a las calles a reclamar con una sonrisa y no con cara de amargados”, era el grito de vida que nos dejó y por lo cual estará siempre presente.
“Pensarán ‘pobre madre, mirá las ilusiones que tiene todavía'. Pero no. Vamos a triunfar, no pasarán, seguiremos adelante, creciendo como el país que soñaron los 30 mil”. Su vida se vuelve un ejemplo a seguir para aprender, continuar sus pasos y luchar inclaudicablemente como lo hizo ella. Como decías vos, Norita, “¡hasta la victoria siempre, venceremos!”
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